Por: Javier López
@JavLopez14

“Wrestling is fake”. “Eso es de embuste”. “Eso es to’ show”.

Esas frases las llevo escuchando desde que tengo memoria. Sí, soy fanático de la lucha libre desde muy pequeño. Mi sueño siempre ha sido encaramarme en un cuadrilátero y partirle la madre a alguien, mientras Dave Meltzer le da un review de cinco estrellas a mi lucha.

Okay… Tal vez ya los perdí en las primeras dos oraciones de este escrito, pero denme la oportunidad de explicarles por qué decidí redactar mi primer escrito para PELEA sobre este deporte. No pretendo convertirlos en fanáticos, pero si logro cambiar su perspectiva, aunque sea un poco, valdrá la pena el tiempo invertido.

Hace unos días tuve la oportunidad de ver en vivo el evento “NXT Takeover Brooklyn 4” en el Barclays Center de Nueva York, y mientras estaba sentado en el palomar viendo a Adam Cole y a Ricochet robarse el show, me vino a la mente una serie de preguntas muy serias y de niveles estratosféricos: ¿Por qué carajo a mi me gusta tanto la lucha libre? ¿Qué me impulsa a pagar 150 dólares por una taquilla para ver dos tipos en calzoncillos pelarse por una correa?

Para poder contestar esas incógnitas, necesito remontarme a mi niñez. Necesito volver a esa noche calurosa de verano en la que mi padre decidió llevarme al famoso Coliseo Luis Raúl “Rolo” Colón de Cayey, en mi lindo Puerto Rico, a ver en vivo y a todo color a las superestrellas de la World Wrestling Council (WWC).

Era mi primera vez en una cartelera de lucha libre y nunca olvidaré como Ray González y la Familia del Milenio le dieron “senda” escarpiza a Carly Colón, dejándolo tirado en la lona como papel higiénico en un baño público.

Desde ese momento mi vida cambió y me volví fanático a muerte de esta cuestión. Todos los sábados y domingos, religiosamente, me sentaba frente al televisor a ver de 11:00 am a 3:00 pm todos los programas de lucha de esa época. WWC, IWA, WWF y si tenía break de pillar WCW en Cable TV, también la veía. Me crié viendo a “Stone Cold” Steve Austin bebiendo cerveza a la misma vez que Ricky Banderas repartía sillazos a diestra y siniestra. La vida era buena.

A medida que seguí creciendo, mi fanatismo por este deporte-entretenimiento nunca desapareció, al contrario, siguió aumentando a la misma velocidad y rapidez que Brock Lesnar ganó su primer campeonato mundial. Al llegar a la universidad me encontré con más gente igual que yo, fanática a muerte de la lucha libre, y gracias a esa simple similitud, hice las mejores amistades que alguien pueda tener.

Pero es en este momento, ahora, en el que todos, como personas adultas que ya somos, nos ponemos a analizar el por qué todavía seguimos esta novela que sabemos es mentira, pero la seguimos como una religión.

Y es que la lucha libre es más que dos tipos en calzoncillos peleándose por una correa, es una forma única de contar historias a través de un combate físico entre dos o más personas. Es la oportunidad de ver estos personajes “larger than life” que pueden ser buenos o malos, puedes amarlos u odiarlos y hasta puedes sentirte identificado con ellos. Es ver al héroe triunfar después de un camino tedioso o ver al villano salirse con la suya semana tras semana. Es básicamente como ver “Game of Thrones” pero sin sexo y sin dragones.

“Ah, pero ya se sabe quien va a ganar”. Sí, al igual que en la temporada pasada de la NBA tú sabías que iba a ganar Golden State o Cleveland. Ah, pero en Wrestlemania 31, el que se llevó el campeonato mundial fue un tipo que ni siquiera estaba participando de esa lucha. Al punto que quiero llegar es que, sí, a veces puede ser predecible, pero cuando pasa algo que no te esperas te da una emoción de sorpresa tan grande cómo cuando te dicen que vas a ser papá, pero en realidad eres estéril.

“Pero ellos no se están dando de verdad. Eso no les duele”. Hermanito, trépate en un ring hecho de metal y madera y coge una caída, UNA, y luego dime si eso duele o no. Es más, recibe un machetazo en la caja del pecho y dime si el quemazón que sentiste es de embuste. Estos luchadores entrenan hasta el cansancio para perfeccionar el arte de las caídas y de vender un golpe. Pero no solo eso, también se matan en el gimnasio igual o más que cualquier atleta de cualquier otro deporte.

A mis 25 años, sigo siendo fanático de la lucha libre, al igual que aquella noche calurosa en Cayey cuando a mis seis años salí del coliseo diciéndole a mi papá que quería ser luchador. Y es que la lucha libre, a través de sus historias y superestrellas, te dan la oportunidad de vivir a través de ellos y de emocionarte de la misma manera que te emocionaste cuando viste a Thor llegar a repartir el bacalao en Wakanda.

Sí, la lucha libre podrá ser mentira, pero lo que sientes en el pecho cuando ves un RKO “from outta nowhere”, eso, mi hermano, eso es real. Por eso fui, soy y seguiré siendo fanático de este deporte y al que no le guste le voy a dar JAQUE MATE.

Javier López

Boricua radicado en la Gran Manzana. El huracán María me dio duro, pero más duro es el cuero de la correa con la que mi santa madre me crió. Mi sueño siempre fue ser luchador, pero Dios me dio un cuerpo que apenas pesa 120 libras mojadas. Puedo insultarte en 3 idiomas distintos: español, inglés y túnometecabrasarambiche. Mi meta en esta vida es caerte bien, pero como dice el refrán, ‘no soy un billete de $100.