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Facebook: La Comay

Yo quería que La Comay regresara. En serio. Yo era de las que pensaba que tener de vuelta a este folclórico personaje sería lo ideal para que en vez de tener chismes en todos los canales a la vez, solo estuviera en uno. Mi idea era que SuperXclusivo llegara y que sus ratings tumbaran a Lo Sé Todo y Dando Candela. Esto significaría que en vez de tener a unas 10 personas a la vez hablando de la vida de los demás (mientras eso asegura que nadie hable de ellos), íbamos a tener a tres o cuatro en un mismo canal. Todo el mierdero en un mismo lugar.

En mi mente esto iba a funcionar como los puntos de droga cuando sale el capo de la cárcel. Todo el mundo hace lo que le da la gana y vende su merca hasta que llega el manda más a poner la casa en orden. La situación sigue siendo mala para el país, pero se controla.

Pensé que si SuperXclusivo llegaba con algo innovador, tumbaría a todos los programas, y el resto de los canales locales se iban ver en la obligación de reinventarse y generar contenido que aporte algo a nuestra joya caribeña. Pensé que con la desaparición del resto de los programas, los canales locales se verían ante la necesidad de darle oportunidad a las mentes jóvenes, frescas y creativas que forman parte de sus producciones.

Se anunció el regreso del personaje de Kobbo Santarrosa y yo estaba activá con lo que, según yo, sería una nueva propuesta (por eso de que con el tiempo uno se reinventa). Semanas antes le enviaba mensajes a mis amigos diciendo: “CABRÓN, VA A REGRESAR”. Y para colmo, en medio de esa espera, pasa el reguero de Ozuna… y ahí sí que dije: “Se prendió esta pendejá, o él habla antes de que arranque el show, o La Comay lo va a destruir en su primera entrega”.

Llegó el día: lunes, 28 de enero. 5:55 P.M. en Puerto Rico, 1:55 P.M. en Los Ángeles (donde obviamente conseguí un streaming ilegal). Salió la musiquita (la misma que escuché por última vez en diciembre de 2012 sentada en una redacción), y hasta se me pararon los pelos. Sonreí por la memorabilia. Me acordé de mi abuela, del estrés que se formaba en las redacciones cuando La Comay cambiaba la noticia que se iba a publicar al día siguiente, y de una prócer de mi familia que un día salió bailando ahí cuando yo todavía vivía en mi hermoso barrio Martín González. 

Pero de momento esa pendejá empezó a mostrar los textos que una mujer le envió a un hombre casado. De una se me quitó la risa. Entendí por qué hubo un boicot en 2012. De pronto me di cuenta que yo, como mujer y profesional, he cambiado. Me di cuenta de la clase de invasión a la privacidad que es eso. Me pregunté: ¿Qué putas yo hago viendo esto? ¿Qué aporta a mi vida el yo saber que un tipo se las pegó a la mujer? ¿De verdad necesitábamos esto de vuelta? Me sentí como cuando dejas a un jevo y de momento piensas que lo necesitas, y a cojones quieres que regrese, pero cuando lo hace te das cuenta de que estabas mejor sin él. 

Apagué el programa. Escuché música para refrescarme. Pensaba que hay que ser bien mierda de ser humano para dedicarse a publicar cosas privadas de una persona (o pareja) cuando, al final del día, no ganas nada con hacerlo. Me di cuenta de que maduré, porque hace unos años yo también escribía cosas terribles de mucha gente en los medios. Cuestioné: Si en estos años yo maduré (al menos un poquito) y entiendo que muchas veces se me fue la mano cuando escribí de personalidades de la farándula, ¿cómo los productores de este programa no se dan cuenta el mega-super daño que causan? Es más, ¿cómo no cambiaron ni el formato? ¡Hasta el set y las gráficas parecen de antaño! 

Esta imagen, por ejemplo, la hicieron en Microsoft Paint.

Después de un rato vi en las redes sociales que Ozuna —el negrito de ojos claros que no tiene los ojos claros— habló con Sylvia Hernández y sus extensiones mal puestas. Así que regresé a mi streaming para encontrar esa parte.

Entonces…

*suspiro*

Mire, la verdad es que me tomó días tener los pantalones de escribir esto porque publicar en los tiempos de La Comay es otra cosa. Escribir sabiendo que mañana en ese programa pueden decir algo de mí solo por haber escrito esto (y porque aquí todos tenemos techo de cristal), me hizo dudar de si expresarme o no. Pero, a la verga (como dicen mis beibis mexicanos), no puede ser que nos sintamos censurados por un programa que ya boicotearon una vez y tomó unas 48 horas sacarlo de la televisión; tampoco puede ser que nos sintamos censurados por la fama de un artista. Además, en este momento de mi vida, que salga el tiro por donde salga.

Dicho eso, a mí me vale si a Ozuna le gusta el pipí o si hizo el video por dinero. Cuando hay necesidad, se hace lo que sea por un pal de pesos. Eso es lo de menos. Y si se grabó por entretenerse, eso es cosa de él. Peores cosas se envían ustedes por Snapchat. Aquí el problema es que hay un muerto, y ese muchacho habló del tema como si nada y con algo parecido a una sonrisa. Aquí el problema es que Juan Carlos Ozuna Rosado mencionó a Dios y a Jesús cada tres palabras, pero ni una vez si tiró un: “Aunque Kevin Fret y yo tuvimos nuestras diferencias, lamento su partida porque jamás le desearía la muerte a nadie”.

Pero olvidémonos de lo que hizo o no Ozuna, porque ese drama va pa’ largo y yo no sé qué pasó ahí. Lo más seguro él no tiene nada que ver. A lo mejor sí. No sabemos.

Aquí lo que importa es que en un solo día, el concepto de lo que es La Comay perdió su “credibilidad” (si es que tenía). ¿Por qué? Sencillo: Sylvia Hernández no hizo una entrevista imparcial. En esa entrevista ella fue Team Ozuna For Life.

Mire, esa mujer es buenísima en lo que hace. Lo de ella es el chisme y lo sabe buscar bien. Le saca lo que sea a cualquiera. Al punto de que fue ella una de las que dañó el caso de Pablo Casellas cuando lo perseguía por la isla haciendo preguntas que obligaban a la audiencia a pensar que no había ni un poquito de duda de que ese hombre mató a su esposa. Le hizo preguntas que dañaron la investigación. Por ella, y por lo que se transmitía en programas como SuperXclusivo, no se pudo encontrar un jurado imparcial para el caso Casellas (y ojo: no estoy diciendo que él es inocente, estoy diciendo que todos merecemos un juicio justo).

Pero esa no fue la misma Sylvia que entrevistó a Ozuna. No, no. Esa entrevista fue una movida de relaciones públicas. Ella hizo la entrevista tomando el lado del artistas, y enfatizando que él es un hombre bueno y de familia. Ella lo defendió. Sí, le preguntó si mandó a matar a Kevin Fret, pero mientras él contesta ella es quien enfatiza que él no tiene nada que ver. Ella no lo entrevistó, ella sirvió de foro para limpiar una imagen. ¿Hubiera tomado el lado del entrevistado si estuviéramos hablando de otra persona? No creo.

¿No decían que el programa de La Comay se encargaba de resolver casos? Nunca le quitaron el puño de la cara a Casellas; tuvieron la foto del niño Lorenzo en una mesa por meses buscando quién lo mató; y ahora ¿dónde está la foto de Kevin Fret? Porque si Ozuna no tiene nada que ver —cosa que yo espero porque no quiero pensar que ese chamaco se va poner con esas cosa— ¿por qué el equipo de La Comay no está tratando de encontrar justicia como lo hizo antes? O sea, ¡producción! Este era el momento para que La Comay se reivindicar ante una isla que vivió años escuchando sus comentaros homofóbicos. Pero no. Hicieron relaciones públicas. Es más, ¿por qué ese mismo día no entrevistaron a alguien del otro lado de la moneda? 

Ay, mi Comay… Yo te esperaba con ansias. Yo esperaba que llegaran con un nuevo concepto. Menos tóxico. Más cabrón. Con un poquito de ganas de aportar a una isla que necesita un aire fresco. Pero como expectation is a bitch, me tomó solo minutos el entender por qué estamos mejor sin ti.

Karla Figueroa
@LaKarlaFigueroa